lunes, 16 de noviembre de 2015

Orden de llegada

Por Gabriel Canihuante**
No fue una puntada ni una molestia en un brazo o una pierna, tampoco una corazonada.  Acudió al cardiólogo porque un año antes su oculista lo había sugerido: Como tiene problemas de presión y hay algún riesgo de glaucoma es bueno que se haga un examen al corazón. Tenía que volver al oculista para su control anual y entonces recordó esta cita pendiente.
Por simple casualidad en esos días visitó a un amigo que había estado al borde de un ataque fatal.  Por suerte le destaparon a tiempo algunas válvulas y lo mandaron a su casa a bajar de peso, a cambiar de alimentación, a descansar, cuestión –esta última- que no era difícil porque su amigo acababa de jubilarse.  Este hombre nuevo le indicó el nombre de un especialista. Está en la guía, es fácil de ubicar, le dijo.
Una semana después estaba el candidato a glaucoma con su mejor ánimo en la sala de espera.  Bono en mano y puntual, llegó a la cita un minuto antes de la hora indicada.  Tuvo un mal presentimiento cuando entró a la consulta porque había otras cuatro personas y todo parecía indicar que visitaban al mismo doctor.  Mientras esperaba, pensó que si le preguntasen por qué venía al cardiólogo, diría que había tenido que ir al oculista y agregaría, con gracia en el gesto, que “Ojos que no ven, corazón que no siente”.  No era un buen chiste, pero de seguro el médico se reiría.
Cuando transcurrió la primera media hora, su ánimo ya no era el mismo.  Pero justo en ese momento salió el doctor e hizo pasar a una pareja.  Quedaban sólo dos personas que venían juntas, era un solo paciente más. Diez minutos después llegó un trío: un hombre que parecía recién operado por la forma de caminar y por sus ojeras; lo acompañaban su esposa y una hija.  A los 50 minutos la secretaria hizo pasar a este recién operado a otra sala y cuando el médico salió por segunda vez, guiñó un ojo a las pacientes que esperaban en la sala y se fue a atender al convaleciente.
Cuando volvió a salir habían pasado 70 minutos. Y el facultativo dio pase a las señoras. El puntual candidato al glaucoma no se aguantó más, encaró al médico y le dijo que llevaba más de una hora esperando, que esto no podía ser. Si no le gusta, respondió el médico, esta sería su primera y última visita. Pero yo llegué puntualmente aquí, esta señora tiene cita para una hora después que yo, argumentaba el hombre.
Voy a consultar a la secretaria, apuntó el cardiólogo y se retiró, Volvió enseguida y dijo que las señoras habían llegado primero. Aquí se atiende por orden de llegada, remató.  Entonces mañana llego a las 12 y usted me atiende a las cuatro, respondió irritado el hombre, esto es absurdo, para qué dan consulta con hora si no la respetan. Si no le gusta, señor, puede retirarse. Claro que me retiro, devuélvame mi dinero porque ya le pagué. Pídale el bono a la secretaria.
Al día siguiente, el candidato a glaucoma sufrió un infarto. Sí, sé que esto parece cuento, pero no, el pobre sufrió un infarto mientras dictaba una charla sobre la importancia de la comunicación en el manejo de las crisis.  Estaba a una cuadra del hospital público de la ciudad y pudieron llevarlo en un par de minutos.  A pesar del paro de los funcionarios, lo dejaron entrar; es que iba mal, en una camilla y su rostro se veía pálido.
Cuando estaba bajo los potentes focos de una sala de atención, el paciente se llevó una sorpresa.  Vestido de blanco delantal y con el típico gorrito, pudo identificar el rostro amable de “su” cardiólogo.

-          Nos encontramos de nuevo, dijo sonriente el especialista.
-          Sí, doctor, pero esta vez no me venga con la tontera del orden de llegada.  O me atiende ahora o me muero.

Fiel a su juramento de Hipócrates, el facultativo se puso en acción.  Salvó esa vida, como había salvado otras antes y seguiría haciéndolo muchas veces más.  Claro que sin el famoso orden de llegada. Era cuestión de criterio, no más, o bien de respetar pequeños compromisos como es la hora convenida para una cita.

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* Dedicado a todos los médicos (dentistas incluidos)  que atienden a la hora convenida.
** Escritor en ciernes, cuyo corazón aún funciona bien.

Fuente: http://www.letrasdechile.cl/Joomla/index.php/cuentos/837-837  

domingo, 15 de noviembre de 2015

Comentarios de Libros

Un libro que me hizo llorar

Durante el último verano visité Tacna y allá busqué libros de mi amigo, el periodista peruano Hugo Coya, con quien había compartido como corresponsal en Río de Janeiro, él en UPI en esa época (años 80) y yo en IPS. No compré porque el par de títulos que hallé estaban pirateados, según el mismo vendedor reconoció hidalgamente.
Hace poco terminé de leer “Estación final”, primera obra publicada por Hugo y que cuenta la historia de peruanos que sufrieron el Holocausto. Es algo que desconocía hasta que leí reseñas de esta publicación.
Éste no es un libro nuevo ya que su primera edición es de la Editorial Aguilar en 2010 y luego se han hecho varias reimpresiones, dado el éxito en ventas.
Hugo llevó a cabo durante cinco años una extensa y rigurosa investigación. Se nota el oficio pero también se revela el amor por su país y por sus compatriotas, quienes a miles de kilómetros de distancia y hace varias décadas, sufrieron en carne propia la bestialidad del nazismo.
Coya investigó sobre diversas familias de distintas procedencias que emigraron a Perú y luego se trasladaron a Europa. Algunos miembros de esas familias nacieron en Perú y por diversas razones vivían en el viejo continente cuando se desató el conflicto bélico.
Según se puede leer en el prólogo de Gustavo Gorriti, esta tarea de investigación “lo llevó por varios continentes, en un admirable esfuerzo de reconstrucción de las huellas borradas en tantos caminos…”. Agrega Gorriti que “El libro de Coya representa el mejor resultado de la destreza en la investigación y la calidad en la expresión. Pero quizás su mayor significado sea el moral…”
Nacidos en Perú o con pasajes de sus vidas en el país vecino, estas personas -todas con algún lazo parental judío- fueron detenidos durante la segunda guerra, torturados, trasladados en condiciones inhumanas, internados en campos de concentración o de exterminio y murieron a manos de los nazis.
No habían cometido crimen alguno, ni siquiera habían participado de la resistencia al nazismo - salvo el caso de Magdalena Truel -, pero por ser judíos fueron víctimas de la gran empresa de exterminio de ese pueblo, obra suprema de Adolf Hitler y sus millones de seguidores.
Lo sorprendente de “Estación final” es que varios de estos peruanos en sus particulares condiciones de vida y encierro pudieron actuar contra sus carceleros y contra el sistema. En notables y heroicas acciones, ellos contribuyeron a salvar centenares de vidas de otras víctimas del holocausto.
Aunque esta historia particular parece lejana, en época y lugares, Hugo sostiene que éstos quizás “sean más próximos de lo que suponemos, pues actualmente enfrentamos los problemas que se entretejen entre la inmigración, el racismo, la xenofobia y principalmente, la violencia”.
Leer los padecimientos de estas familias (Assa, Levy, Barouh, Lindow) y de otras personas como Egon Mindel y Magdalena Truel Larrabure, no puede sino emocionarnos y hacernos llorar de impotencia.
Si hay alguna tranquilidad que nos permite esta lectura es saber que -por diversas experiencias vividas- hoy somos menos intolerantes, más solidarios y más partidarios de la no violencia.
Este notable libro de Hugo -que se puede adquirir como libro electrónico en  http://www.casadellibro.com/ebook-estacion-final-ebook/9789972848681/2090257  ha llamado la atención de una productora en Hollywood, vinculada a Warner Bross, que pretende realizar en 2016 una versión cinematográfica de una de estas historias. Así se puede leer enhttp://cosas.pe/cosas/personajes/3451-hugo-coya-su-libro-estacion-final-sera-llevado-al-cine .

sábado, 7 de noviembre de 2015

Los huevos fritos de pingüino tienen gusto a pescado

A fines de los años 50 me inicié en la lectura y aprendí a leer, como millones de niños, en el “Silabario Hispanoamericano” escrito por el “gran pedagogo chileno” Adrián Dufflocq Galdames, según el decir de la poetisa uruguaya Juana de Ibarbourou.

 Para la contemporánea y amiga de Gabriela Mistral, ese libro era “lujo de los ojos, gracia para el entendimiento del niño”. 
 Y agregaba en una de sus páginas: “¡Ah!, ¡cuánto tienen que agradecerle madres y maestras a ese hermoso talento creador, a ese puro corazón intuitivo que ha hecho para los niños de las Américas este libro perfecto!”.
 Gracias a Internet recorro ahora, casi medio siglo después, esas páginas iniciales y me encuentro con la famosa lección de las vocales y me deleito sin pudor con las ilustraciones del gran Coré: Mario Silva Ossa. Entre los amantes del diseño y de las artes visuales, la portada del Silabario se convirtió en un verdadero objeto de culto.
 El ojo del búho me sigue mirando como si no se olvidase de las maldades de antaño.  El gorila enjaulado me da pena, no porque recuerde los apodos de la infancia, sino porque el herbívoro luce triste detrás de los hierros.
 Y en la página 34 de la décima edición (1955) encuentro un nombre que me lleva a la matriz.  Olga, feliz coincidencia.  Mi madre y mi primera maestra.  Con ellas, con amor y dedicación, aprendí este oficio de lector.  Una nieta hace poco dijo que cuando grande quería ser “escritora y lectora”. ¿Qué mejores expectativas?  Futuro asegurado.
Me llaman la atención dos datos del libro. Uno es que este libro fue aprobado y declarado de utilidad por el Gobierno de España por decreto emitido el 13 de diciembre de 1948. Lo otro, descubrí una afirmación que no discuto ni pretendo comprobar, porque me parece de toda lógica: “Los huevos fritos de pingüino tienen gusto a pescado”.
 Al final del Silabario reencontré algunos cuentos para principiantes de la lectura.  Allí hay varias lecciones, simples y profundas. Usted podrá encontrar en esas páginas a los niños que buscan pan cavando un hoyo en la tierra, al ignorante lobo pastor o al niño codicioso que quería todas las bolitas sólo para él. 
 Por la eficiencia del método (fónico-sensorial-objetivo-sintético) y por la belleza de sus ilustraciones -se sabe-, este Silabario fue un éxito editorial, reproducido para toda Latinoamérica, con decenas de ediciones.
 Es necesario decir, en todo caso, que Dufflocq no fue pionero en esta senda.  Mucho antes que él, en 1884 se había publicado en la ciudad alemana de Leipzig, el “Silabario del Ojo”, cuyo autor fue el chileno Claudio Matte. Diez años después, ese manual fue declarado Texto Oficial de enseñanza primaria en Chile. A fines del siglo XIX ya se había expandido a Latinoamérica.
Fuente: https://diarioeldia.cl/blog/huevos-fritos-pingueino-tienen-gusto-pescado-0 

viernes, 6 de noviembre de 2015

Sembrando abecedarios

La educadora Susana Pacheco Tirado nos ofrece, con su nueva obra –“Sembrando abecedarios. Historia, pedagogía y asistencia en la educación primaria rural, Región de Coquimbo”-, la posibilidad de conocer el trabajo de los maestros y maestras que en el siglo XX -con vocación y espíritu de servicio público- supieron formar a miles de niños y jóvenes chilenos.



En el libro, publicado por la Sociedad de creación y acciones literarias de Coquimbo (SALC), la autora presenta una primera parte dedicada a una reseña sobre el “Devenir histórico, pedagógico y asistencial de la educación primaria chilena”, mientras que en la segunda parte 15 profesores entrevistados por ella dan cuenta de sus experiencias.
Desde las provincias de Choapa, Limarí y Elqui, Susana nos invita a conocer, en la voz de los propios maestros, estas historias de vida. Se trata de relatos que emocionan, anécdotas que alegran, leyendas que encantan, testimonios que sorprenden.
La investigadora viajó a distintas comunas de la región para conversar con quienes no han olvidado su propia historia y que abrieron las puertas de sus casas para contar sus aportes concretos al desarrollo de nuestro país. No solo no olvidan, sino que con orgullo recuerdan lo que fueron: Profesionales comprometidos con el destino de educar en el más amplio y genuino sentido.
En el libro de la profesora Susana, se condensa un trabajo largo y riguroso de investigación, tanto documental como en terreno. Es una obra que nos habla de una historia reciente, contada en parte por seres vivos, pero que al mismo tiempo constituye un rescate patrimonial de diversos aspectos. El texto nos habla de educación y específicamente de la pedagogía realizada en las zonas rurales, cuya población en algún tiempo fue mayor que la urbana.
Frente al Chile globalizado de la presente década, este libro no es un lamento nostálgico de aquellos que pretenden hacernos creer que “todo tiempo pasado fue mejor”, sino una reafirmación de que el maestro cuando tiene talento sigue educando más allá de las aulas y es capaz de adaptarse a los nuevos tiempos sin perder su identidad, sin renunciar a sus principios, sin transar en los mercados las acciones cuyo principal valor no es el material.
“Llegué al pueblo siendo aún una niña y el contacto con esa gente tan buena me permitió crecer y madurar, porque todo iban a resolverlo a la Escuela y uno tenía que tener la solución y la respuesta para todo, desde redactar una carta para algún vecino, hasta los problemas más intrincados” (Testimonio de profesora entrevistada).
Recomiendo la lectura de esta obra a todos quienes vibran con el tema, sean profesores de básica o media o trabajen como docentes –pedagogos o no-, en la educación superior. Y los invito a tener en cuenta las palabras de Susana Pacheco: “Quienes trabajamos en educación nunca perdimos la señal de la rosa de los vientos que nos indicaba que los maestros y maestras son los encargados de mostrar el camino de los sueños y de las grandes realizaciones”.
Ficha técnica:
Título: “Sembrando abecedarios. Historia, pedagogía y asistencia en la educación primaria rural, Región de Coquimbo”.
Editado por: Sociedad de creación y acciones literarias de Coquimbo (SALC, La Serena, Chile).
Año de edición: 2012.       Precio: $10.000          Páginas: 182.
Fuente: http://diarioeldia.cl/blog/sembrando-abecedarios 

viernes, 30 de octubre de 2015

Ganadores de Concurso ya ven publicados sus cuentos








Estudiantes de enseñanza media de la provincia de Elqui participaron con gran entusiasmo en 
la iniciativa literaria
En el Centro Cultural Santa Inés de La Serena, con la presencia de autoridades, alumnos, 
apoderados, profesores e invitados especiales, ayer se realizó la premiación del Segundo 
Concurso de Cuentos “Deja fluir tu talento”. La instancia fue organizada por el municipio 
serenense y diario El Día.
El concurso  apuntó a estudiantes de enseñanza media de la provincia de Elqui, teniendo 
una gran acogida ya que llegaron más de 190 trabajos, en las categorías de breves 
(hasta 300 palabras) y no tan breves (de 301 a 3000 palabras). Se motivaron alumnos
 de 27 colegios de La Serena, Coquimbo y Vicuña.
El jurado estuvo conformado por el concejal y educador Róbinson Hernández; el docente, 
periodista y escritor Gabriel Canihuante y el jefe de informaciones de diario El Día, Guillermo
 Alday.  Ellos seleccionaron un total de 24 textos, para ser integrados en un libro que fue
 lanzado en la ceremonia de ayer. Van los 3 ganadores de cada categoría, más 18 menciones
 honrosas. 
En cuentos no tan breves, el primer lugar fue para Ágata Alarcón Muñoz, del Colegio Artístico
 Cultural Form-Arte, con el cuento “Deseo”; el segundo puesto lo obtuvo Diego 
Zamora  Herrera, del Colegio San Joaquín y su relato “Fluir”; mientras que el tercer
 lugar recayó en Vanessa Rodríguez Aguirre, alumna del establecimiento educacional San 
Nicolás, que escribió “El camino hacia la verdad”.
En la categoría de cuentos breves, ganó Florencia Pérez Marín, de la Scuola Italiana 
Alcide de Gasperi, con “Un amor irreal”; el segundo lugar fue para Camila Tapia Díaz, que 
pertenece al Colegio Rakiduam, autora de “Ensalada de frutas”; mientras que el 
tercer puesto lo obtuvo Valentina Ruiz González, del Sagrados Corazones, con su cuento
 “Fue culpa mía”. 
En la ceremonia de premiación, que también incluyó diplomas de reconocimiento,
 los ganadores igual fueron felicitados por el alcalde Roberto Jacob. Los presentes recibieron
 libros de regalos. 
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         Fuente: www.diarioeldia.cl

martes, 27 de octubre de 2015

Fomento de la lectura





Por Gabriel Canihuante

Durante las últimas dos horas no había ocurrido nada especial ese día, pero yo presentía algo. Vivía una angustia oscura y trataba de imaginar cosas buenas pero el miedo no lo permitía. Estas sensaciones las había tenido de modo permanente, día tras día, en las nueve semanas que llevaba en ese recinto.  No era una cárcel pero estaba preso. Doble o triplemente preso: no podía moverme, debía permanecer sentado; no podía conversar, el silencio era la regla básica; no podía ver, mis ojos los cubría, día y noche, un trapo sucio que llamábamos venda.

Me concentraba en los ruidos de esa amplia sala, donde hasta hacía poco se enseñaban técnicas de combate a los oficiales de la fuerza aérea, y entonces trataba de interpretar lo que llegaba a mis oídos: algunas voces de soldados y oficiales; el caminar rotundo de las botas; puertas que se abren y cierran; el paso de bala del cargador a la cámara de los fusiles. Peligro, voces diferentes, algunas carreras, silencios de temor, sirena de alerta.  Pero los ruidos más comunes eran los que provocaba ordenar las cubiertas de los camarotes, las bandejas que anuncian comida y los seis o siete pasos autorizados para los cinco o seis detenidos en esa celda subterránea.  Rutina.

Mi presentimiento en esa tarde de invierno de 1975 tenía sentido. El guardia de turno me tocó un hombro y dijo con la severidad de costumbre: “Ya, te toca. 20 minutos. Levántate la venda, pero no te la saquís. Sí eso, déjala en la frente, ahí está bien. Toma”.

Lo que puso entre mis manos era un libro. Habría preferido una revista, ojalá con hartas fotos y pocas letras. Claro, algo así como Vea, Estadio o Zigzag, pero era un libro, pequeño en su formato y de pocas hojas.  Un librito cuyo título me parecía conocido: “El Principito” y de cuyo autor no sería capaz de pronunciar su nombre. Nunca lo leí en la escuela, pero me acordaba que la profesora de castellano decía que era una lectura recomendada para toda edad.  Ahora estaba en mis manos como la única alternativa de liberación durante 20 minutos. Los primeros 20 preciosos minutos en los casi 60 días y noches en que una asquerosa venda cubría mis ojos.

No alcancé a terminarlo porque antes de la media hora el guardia me volvió a la realidad: “Ya, se acabó, ponte la venda”. En tres semanas y luego de tres momentos de lectura en esa celda llegué a su fin y ésa fue mi iniciación a la lectura por gusto.  No porque estuviese preso, no porque tuviese la vista vendada, sino porque estaban a mi disposición una serie de libros, no sabía cuántos ni de qué trataban, pero ya me había picado el bichito. Leía por gusto, leía por amor a los libros, tenía tiempo libre y libros disponibles. Era tan feliz en medio de esta cruda guerra que recién empezaba.  


Años después –cuando nos encontramos en la otra vida- supe que para mis compañeros de celda también esa detención, por motivos políticos, había sido un feroz incentivo a la lectura.  Nunca más dejamos de leer; para ellos y para mí fue una marca de fuego.  A Saint-Exupéry siguieron autores marxistas, porque esos libros habían sido requisados en la casa de un senador detenido con nosotros en otra sala-celda. Y hubo otros libros de muy variados temas y autores. A veces nos torturaban, nos golpeaban, humillaban, asustaban, y entre tanta zozobra, leíamos, leíamos, leíamos. (Fin)

lunes, 26 de octubre de 2015

“Ya no existen esos quijotes que dejan todo por el teatro”

Se la ve a menudo caminando por las calles del centro, casi siempre vestida de negro. Es una reconocida actriz en el plano local y más allá también. Conversamos con ella en su oficina de la Universidad de La Serena, en el campus Isabel Bongard.
“Ya no existen esos quijotes que dejan todo por el teatro”

















De todas tus actividades, te conozco más como actriz, ¿es lo que más te representa?
“Es lo que corresponde a mi estudio profesional, yo estudié actuación en una escuela – en el I.P. Teatro La Casa, Santiago-y oficialmente soy actriz. Todos los oficios paralelos los he aprendido en la práctica. Yo volví a actuar hace unos cinco años después de un periodo largo en que estuve dedicada a la dirección, a la docencia y a la escritura. Soy de las actrices que les cuesta actuar y dirigir al mismo tiempo. No me gusta autodefinirme como poeta, yo soy una actriz, directora y dramaturga que escribe poesía”.
-Háblanos, por favor, de Topografía de un desnudo.
“Es parte del proyecto Escuela Teatro Puerto, gratuita para los estudiantes, con financiamiento de FONDART. En este segundo semestre cada uno de los directores debíamos trabajar con teatro chileno de distintas épocas y yo escogí esta obra de Jorge Díaz de 1966. Las otras son Los invasores (de 1963) de Egon Wolf y Río abajo (de 1995) de Ramón Griffero.La pieza de Díaz me motivó a trabajar con este equipo de 10 personas, estamos recién partiendo con nuestros primeros ensayos y en diciembre tendremos el estreno”.
-¿Cómo es la composición del grupo?
“Hay de todas las edades, la señora Rosa Álvarez tiene más de 60, es madre de familia quien se despejó de sus obligaciones maternales y decidió incorporarse a la escuela, y hay jóvenes de enseñanza media; es (una composición) amplia y diversa y plural. Ha costado más unificar el trabajo de expresión corporal, pero esto se va puliendo en el montaje y esta es una obra bastante quieta, un texto en que se trabaja con el coro al estilo del teatro griego. Lo que va a resultar como propuesta final no se sabe aún, uno tiene una idea para trabajar de manera colectiva y no tengo un prejuicio; yo guío y ellos van a plasmar lo que piensan del texto”.
¿Qué tan importante es para ti hacer clases y disponer de este espacio?
“Es lo que he hecho hace muchísimo tiempo, partí por la DAE (Dirección de Asuntos Estudiantiles) en 2001, pero antes trabajábamos con una compañía de teatro de la Federación de estudiantes. Entre 1997 y 2000 la FEULS financió un grupo de teatro que se llamaba La Tribu y llegaban 60 a 70 personas a las audiciones. Eran otros tiempos en que el interés por la actividad teatral era muy fuerte. Luego nos quedamos sin financiamiento, pero el grupo estaba tan bien afiatado que seguimos trabajando solos, consiguiéndonos salas, ensayando en el patio. Y alguien de la DAE me pide que les presente un proyecto para formar el Grupo de Teatro de la ULS, encantada lo hice y trabajé durante 14 años en la que era la sala de folklore de don Sixto Cortés. Al tener hoy este espacio los estudiantes saben que pueden llegar en cualquier momento, como una segunda casa, algunos pasan todo el día en la universidad, y a veces vienen aquí, nos tomamos un mate, escuchamos música, leemos textos de obras que no estamos montando, se realiza otro tipo de formación. La mayoría entró a la escuela Teatro puerto, muchos quieren dedicarse al trabajo teatral en el futuro en forma paralela a sus carreras. Ya no existen esos quijotes que dejan todo por el teatro. Eso corresponde a mi generación”.
-¿Qué objetivos tienen estos talleres en la universidad?
“Fundamentalmente es la formación integral, eso es la prioridad y eso me lo deja muy claro el Departamento de extracurriculares. Yo no puedo tener alumnos con bajo rendimiento en lo académico ni gente que no sea alumno regular. Aprenden a trabajar en equipo porque no todos van a ser artistas o creadores. De a poco uno va enamorando a la gente con la actividad teatral, el espacio creativo”.
-¿Hay algún ex alumno de tus talleres que se haya dedicado luego al teatro?
“Sí, hay gente que terminó su carrera, le entregó su cartón a la familia y se fue a estudiar teatro a Santiago. Tenemos casos notables como Kathy Ramos la diseñadora del Teatro nacional (Antonio Varas) fue alumna de acá del Teatro experimental. Ella estudió Diseño, hizo su práctica en diseño teatral en la Compañía Teatro del viento –que yo dirijo fuera de la ULS-. Hay un par de actores también”.
-Claudia, de tus libros, solo conozco Palabra de teatro, ¿seguiste publicando?
“Después de esa antología, en que se recopiló a cuatro autores y fue publicada por el Fondo Manuel Concha 2009, vino el 2012 Textura en extinción, un compendio de obras mías publicado por Albricias financiado por el Gobierno Regional de Coquimbo. Eran seis obras que han sido todas montadas. Esta es una gracia de esta región porque todas las obras que se han publicado han sido montadas. Eso habla de cierta madurez del movimiento del teatral local, que si bien es pequeño, con carencias que se perpetúan, sigue siendo un grupo formado por actores profesionales y vocacionales, la mayoría. Hay voces en la región que están escribiendo y situando esas temáticas en la historia del teatro nacional. Este año tuve la fortuna de haber sido elegida por una agrupación de dramaturgos en Santiago –Interdram- con mi obra Kutun o el invierno Diaguita y fue la única obra seleccionada de toda la zona norte. Mi obra se montó, se hizo lectura dramatizada y yo estaba feliz de conocer el elenco: María Elena Duvauchelle, Luz Jiménez y Camila Leyva, Felipe Zambra, para mí fue un honor. Las tres personajes protagónicas de esa obra son mis abuelas y tía abuela. Ahora Interdram me la pidió para publicarla y montarla con ese mismo elenco”.
-Actualmente estás escribiendo, ¿se puede saber sobre qué?
“Estoy escribiendo sobre el descarrilamiento del Tren Elquino en 1971 en Gualliguaica”.
-¿Te gustan las tragedias. Antes escribiste sobre el hundimiento del Vapor Itata…
“Me encantan las tragedias. Le tengo mucho respeto al realismo y no con todos los elencos se puede trabajar el realismo pues los actores tienen diversas formaciones y cuesta trabajarlo para que salga bien. Entonces siempre me dediqué o al expresionismo o al absurdo donde se necesitaba más energía hacia afuera. Y claro, me gusta la tragedia por el rescate de la historia local”.
-¿Cómo te preparas para escribir sobre este descarrilamiento?
“Llevo tres años de investigación. Yo puedo escribir una obra en una semana, pero lo que me toma más tiempo es investigar. Necesito todos los datos, valoro mucho la información y ésta debe ser fidedigna porque estoy contando la historia de la región. Esto partió porque cuando tenía cinco años mi padre me llevó a ver el tren volcado y fue tal mi impresión que nunca olvidé esas imágenes. Y en algún momento me dije tengo que escribir todo lo que tengo pendiente, no puedo seguir con estas deudas. Y así salió Gualliguaica (pueblo inundado por el embalse Puclaro); Las parcas Chapilca (tejedoras del Elqui), Kutun… es decir, lo que se va perdiendo. Para mí es importante que la gente no olvide”.
-Volviendo al descarrilamiento, ¿qué más nos puedes contar?
“Fue una tremenda tragedia, vino hasta el Presidente Salvador Allende. Había gente de Valparaíso, había campamentos sociales en plena Unidad Popular. Este viaje llevaba a unos pobladores a ver por primera vez el mar y los llevaron también a Vicuña y ya venía de vuelta y en una parada el tren echó a andar con gente arriba y otros abajo. Lo que a mí me motiva es que unos niños no pueden haber movido la palanca de freno porque son fierros tremendos. Se habló también de un sabotaje como probable causa y mi obra pone en duda la versión de los niños y pone ambas historias en el tapete. Mi obra se llama Descarrilados porque, en el fondo, fue lo que pasó con el proyecto (Gobierno de Allende). Los personajes se llaman la Vía chilena, el dirigente sindical, la abuela muerta y los niños con alas. Estos son los personajes e igual que en el (Vapor) Itata todos están muertos”.
-En tu actividad de gestora cultural, ¿en qué estás?
“Hace mucho tiempo me planteé la idea de trabajar gremialmente y eso fue para mí la ATEL (Agrupación de teatristas del Elqui), pero como todo evoluciona (o involuciona) se sumó a la institucionalidad cultural y pasó a ser más una productora que una agrupación gremial. Esto lo dije varias veces internamente. Y me empecé a desligar de esto. Participo en proyectos concursables cada cinco años. Ahora creo mucho más en la autogestión, hago talleres en poblaciones, y mucho trabajo comunitario; vivo hace tres años en La Compañías y participamos en mejoramiento de plazas, llevamos obras de teatro. En cuanto a gestión y consecución de recursos ya no trabajo en eso, soy pésima vendedora de mi misma y de mi obra. Hoy existe la carrera y post grado en gestión cultural y yo me digo pastelero a tus pasteles, yo quiero seguir en el ámbito creativo, creo que hay que aportar con la profesionalización de cada ámbito: que el dramaturgo escriba, que el director monte, que el profesor haga su clase de teatro y no que hagamos de todo. Ya pasó el tiempo en que teníamos que hacer de todo. Yo no puedo dejar la docencia porque es a partir de lo que vivo”.
-Me gustaría conocer tu opinión sobre el I Festival de cine de La Serena.
“Fui el día de la inauguración en el Teatro Municipal, me encontré con varias personas y vi una alfombra roja… habían hablado que el festival intentaba no ser elitista, que iba a haber funciones en Las Compañías, que era abierto a todo público, funciones gratuitas. Y llego al lanzamiento y hay una alfombra roja y eso me pareció una soberana estupidez, una falta de imaginación y decidí retirarme después de recoger un programa. Me indigna que repliquemos lo peor, para mí el arte no es eso, uno es un trabajador más y uno no debería ponerse en una escala superior. Esta es una ciudad con bastantes máscaras como para seguir poniéndole otras, esta ciudad es una escenografía en sí misma con esos balcones falsos, con plantas de plástico, con postes huecos, con antenas disfrazadas de palmeras. Puede ser una rabieta mía pero cada uno tiene derecho a rabiar por lo que quiera. Entiendo que había muy buenas películas que ya veré cuando tenga una oportunidad. Me parece notable que exista la instancia de un festival de cine en la región”.
-¿Tienes nombres de personas como Juan Radrigán de quien te consideres discípula?
“No de dramaturgos pero mi teatro está alimentado de muchísimos autores, de poesía. De los malditos franceses, de los malditos ingleses. Soy una muy buena lectora, escribo desde los 10 años y partí escribiendo cuentos. Nombré a don Juan porque es con quien más me he encontrado en talleres en la región, él me conoce las mañas y yo tengo una gran cercanía. Algunos editores dijeron por ahí que mi obra le hace honores al teatro clásico chileno como Wolf, a Radrigán y a ciertos maestros que uno leyó y estudió en la escuela y los ha seguido leyendo. Me cuesta más comulgar con las nuevas dramaturgias porque están hechas afuera. Creo que para Latinoamérica el realismo mágico no lo es todo y el boom es una fruta que puede seguir dando jugo mucho tiempo, reinventándose en el lenguaje. Mis referentes son todos, mi padre, la observación del paisaje, el clima, la topografía, todo, uno es una esponja.

domingo, 25 de octubre de 2015

Un tiempo que no debe parar (c)


Cuento extraido del libro "La historia de don Crispín, doña Anita y el guaripola y otros cuentos" (Editorial ULS, 2009) 

 Posteo 1:

03.35 am. La luz verde del reloj digital me ilumina en plena madrugada.  Desperté levemente sorprendido por la fija vista de esos cuatro números – situados a medio metro de mi rostro –, y durante algunos segundos permanecí en posición horizontal, inmóvil.  Parecía una mirada sostenida con tal fuerza que había conseguido despertarme. 

Miré luego alrededor del reloj, la base blanca de la lámpara y más allá, el tenue haz de claridad que entraba por la puerta semiabierta de mi dormitorio.  Paseé lentamente mi vista por las sombras de mi solitario cuarto de dormir. El silencio total me ayudó a concentrarme nuevamente en los números verdes.  Y entonces sentí que el tiempo no transcurría.  El reloj seguía marcando las 03.35 y me parecía que habían pasado más de 60 segundos desde que despertara.

Pronuncié la palabra “flame” para encender la lámpara y me senté.  El fluido eléctrico era normal y el suave resplandor de la ampolleta aumentó gradualmente hasta la intensidad de “despertar”.  Consulté mi reloj de mano, esperando que me mostrase la hora real, pero también estaba pegado en las 3.35.  Me levanté y fui hasta la sala para ver el reloj de muro, un antiguo ejemplar tipo “cucú” del año 1950, heredado de mis bisabuelos, y no hice más que confirmar mi temor: el tiempo estaba detenido.

Posteo 2:
03.35 am de la otra era:
Mi tiempo:

La soledad en que vivo desde hace una década me pesa por primera vez.  Siento deseos de tener a alguien a mi lado para preguntar lo obvio: ¿Qué pasa?  Pero, como antiguo solitario moderno, acostumbrado a la compañía virtual, enciendo la radio del mismo reloj que me despertó sin la cotidiana alarma.

Toca la suave melodía de un tema romántico, instrumental como toda la música  que se transmite  por vía  electrónica desde 2022, luego que  el gobierno de  entonces prohibiera todos los cantos en medios masivos y sólo sea posible oír a los cantantes en vivo.  El tema musical termina y entonces oigo la voz de un locutor que a pesar de estar grabada parece muy fresca y animada.  Él anuncia, sin titubeos: son las 3 horas y 35 minutos de este miércoles 15 de abril.  Buenos días.

Posteo 3:
Mi tiempo real:

Visto una bata para sentarme frente al “multi” de mi dormitorio.  Con la red abierta, mediante mi voz ya que también está prohibido escribir y toda comunicación debe ser oral y directa, consulto YYYReloj del Mundo.ti -un espacio que según mi abuelo se parece a la Radio Cronos que funcionara hasta los años 60 del siglo pasado-.  Todos los relojes del planeta me dan la misma quieta hora.

En menos que canta un gallo (antes la gente se despertaba con el ruido de algunas aves), envío un nuevo mensaje universal: “El tiempo no para”.  Lo reviso en la red y cuando pensaba en ir a la cama para seguir durmiendo siento el grillo de un fono.  Es un policía del tiempo que me conmina a eliminar la página recién elaborada.

-         “Su título, dijo, es un atentado al nuevo orden.  El tiempo ha sido establecido como algo fijo y quien se oponga a ello sufrirá las consecuencias.  Sus palabras son una amenaza a nuestra paz mundial.  Obedezca, no tiene alternativa”, sentenció.
La guerra entre el tiempo y el espacio había sido declarada.  Sin yo darme cuenta era el precursor de una resistencia universal.

Posteo 4:
Mi tiempo real:

Recurro a mi memoria, entrenada durante mi infancia en las escuelas post-modernas, y sin una razón aparente, rezo dos Padre Nuestro y un Ave María, aprendidos  hace   más  de  20  años.    Nunca  los   había   vuelto  a  decir.   Me   paro nuevamente frente al multi para abrir mi página del tiempo y oigo lo que en un instante de sana inspiración había enviado:

“No nací del vientre de un reloj sino del espacio materno.  No anduve mi infancia contando horas o días sino jugando en el patio del colegio.  La primera vez que hice el amor, no vi la fecha en el calendario sino que buscamos un territorio de pasto tierno y libre de ruidos.  Cuando decidí ser profesor de biología no me puse metas en términos de años sino tener el conocimiento y la fe suficiente para transmitir a mis semejantes, aún sabiendo que nadie es igual a mí.

No hay vida sin espacio, ni la vida artificial siquiera; ni para los clones ni los seres extraterrestres.  Todos necesitamos un suelo para caminar, un parque para enamorar, un mar para surfear, un muro o la palma de la mano para instalar un comunicador, una sala para el crematorio y un paisaje lunar o terrestre para esparcir las cenizas.

El tiempo no ha parado porque desde que inicié este mensaje para todos ustedes, amigos y enemigos, han transcurrido nada menos que 171 palabras, pero si prefieren medir en segundos, caros amigos, es su opción.  Los amo.  Hasta siempre.”

Al final de mi audición me di cuenta de que mi ventana había sido abierta en esos momentos por decenas de personas, varias de los cuales dejaron mensajes de apoyo al nuevo espacio creado en la red. Siento una mezcla de orgullo y temor. Salgo.

Posteo 5:
Mi tiempo real:

Vuelvo a conectarme para oír todos los mensajes, y vuelvo a hablar.  Ahora me declaro Guerrillero del Espacio:

“Para que el espacio no pierda sentido hace falta el tiempo, podemos medirlo en soles y luna, en latidos del corazón, en  estaciones climáticas,  erecciones fálicas o en nacimientos de bebé,  en cualquier otra unidad,  pero el tiempo no puede parar.

Proclamo el predominio del espacio, pero doy a la variable temporal un valor fundamental.  Sin espacio no existiríamos: Algunos desconocidos pretenden paralizar el tiempo deteniendo los relojes pero eso no nos impide la vida, no nos prohíbe gozar o sufrir cada uno de sus momentos.  Seguiremos sintiendo sueño regularmente cada noche y despertaremos al día siguiente, por los deseos de orinar, por el hambre o por la luz de la mañana.  El tiempo existe, cómo lo midamos es  relativo, propio de cada universo.

Así como nos prohibieron la escritura hace varios años hoy quieren detener el tiempo para dominarnos.  Para que nos sintamos vacíos, perdidos, desorientados sin saber a qué hora dar alimento al hijo, cuándo ingerir un medicamento, o por cuanto tiempo podemos descansar.

Pretenden mostrarnos que el tiempo es lo fundamental para administrar nuestras vidas controlándolo a través una operadora que pomposamente han llamado Central Galáctica del Tiempo - CGT.  Por fonos, fax, beeper, computadores y otras telebocinas, nos dirán a cada uno y a cada familia lo que debemos hacer y cuándo exactamente.  Pretenden el reinado del ruido sobre el silencio, la tiranía de la bulla electrónica.

Si nos corresponde ir a bañarnos, nos dirán, por ejemplo: Señora Maldonado, es hora de su ducha.  Use champú Pamela. Buenos días.  Para el desayuno recomendarán marcas de leche, de café, de pan y mantequilla.  Y así para todas nuestras acciones, durante el resto de nuestras vidas.  Será la más poderosa máquina de publicidad jamás imaginada.  El servicio regulador del tiempo, ciertamente, será absolutamente gratis, gracias al gentil auspicio de alguna de las veinte marcas que dominaban el planeta.

No buscaremos librar los combates en el plano de la ciberpublicidad sino en el terreno  de  la verdad, en el campo minado o no de la filosofía, en las tierras soleadas de ambos hemisferios, en las reservas polares, en los mares superficiales y profundos, en las cumbres montañosas, en las cavernas que habitaron antes, sin saber del tiempo, los humanos de las edades de piedra.  Fíjense bien, lo determinante no es la palabra edad sino el concepto piedra, o luego bronce o chip.  Los años luz no miden tiempo, miden espacio intergaláctico, señores.  En fin, amigos, si hablo o como antes hubiera escrito, no me distancio o acerco de ustedes por segundos o minutos ni nada temporal; me acerco virtual, me aproximo afectivo, me hermano humano, me hago carne en la carne de ustedes y mi corazón late en sus venas, y si alguno se deja llevar sinceramente por mis palabras llorará espacial en sus mejillas.  Como yo dejo ir mis lágrimas hacia la incipiente barba que cubre la mandíbula.

No se dejen amedrentar, sigan viviendo el tiempo de amor que nos ha tocado, y pongan los pies sobre la tierra, aunque sea en el trigésimo piso del edificio en que viven.  El tiempo que pretenden detener bate en mi corazón ahora.  Los agresivos segundos de cada día los acumulo tiernos a cada noche.  Y los instantes de gloria están registrados en el álbum familiar. Y las horas del desgano las echaré conmigo algún día en mi tumba. Todo el tiempo del mundo cabe en una mano amiga y si se abre, la palma me indicará otro camino. Todo el tiempo cabe en la comisura de sus labios y si abren en el beso o en el bostezo, llego directo al infinito. Horas, segundos, fracciones del tiempo Nada son sin la sonrisa de un niño, sin la nostalgia de un viejo, sin la soberbia de los quinceañeros, sin la condenada culpa de los sentenciados Nada somos sin el alma y el alma nada tiene que ver con el corazón. Si  sístoles y  diástoles marcan mi fin, no importa.  El alma nada tiene que ver con el corazón”.

Posteo final:
Otro tiempo real:

            Vino alguien que dijo ser un pariente lejano. Estoy en un lugar de salud. No sé mucho más que eso. Me dicen que mi convalecencia puede ser larga, pero no debo preocuparme, no soy el primero ni seré el último en padecer “internitis”. “Es un chiste”, me explicó el visitante. Los médicos hablan su propio idioma pero para la gente común y corriente lo que te pasó es que te enviciaste con la comunicación virtual.  Puedes estar tranquilo, aseguró, te voy a venir a ver todas las semanas, hasta que te mejores.  Eso ocurrió hace un año…

            Un año. Sí. El tiempo volvió a moverse, hay nuevos relojes en mis muros, nuevos calendarios.  Esto que yo escribo (ya no lo prohíben) llegará  a manos de algún lector que no conozco.  Por favor, señor o señora, envíelo a algún escritor, sólo ellos podrán entenderme, sólo ellos pueden salvar la humanidad. Sólo ellos pueden hacer que el tiempo siga su curso hasta el final de nuestros días en este otro tiempo real.



FIN
Copyright de Gabriel Canihuante.

De Cerrillos a Marsella (c)


 Cuento publicado en "La historia de don Crispín, doña Anita y el guaripola y otros cuentos", de la Editorial de la Universidad de La Serena, 2009.

Ese día la rutina se me presentaba insistente, acariciándome el lóbulo izquierdo en la forma de sabañón.  Me picaba harto la oreja cuando me senté en el microbús.  Hacía lo posible por no rascarme.  ¿Me rasco o no me rasco?, era mi duda, al estilo de Hamlet, que me repetía y representaba mi máxima preocupación existencial mientras me dirigía a la oficina.

De pronto la vi.  No había más lóbulo ni oreja, ni sabañón ni fría mañana santiaguina, ni Camino a Melipilla rumbo al centro de la ciudad.  Ni smog hubo entonces porque su imagen cambió el aire, cambió el sentido del tránsito y aclaró la débil luz matinal.  Ahí estaba yo en Marsella, respirando su aire marino y oyendo acentos árabes, franceses, latinos.

La vi por detrás y como estaba sentada sólo distinguía por rápidos intervalos su nuca, sus hombros y parte de su perfil.  Pero era ella, ¿qué duda podía tener?  Era su pelo rubio liso y corto, su cabeza pequeña, la piel blanca.  Podía ver su mandíbula y también por segundos alcanzaba a percibir su ropa y había ahí otro fuerte indicio: su típico estilo artesanal, la tosca tela de los pantalones, los zapatos varoniles, los calcetines de lana cruda.

Mi emoción era fuerte.  Habían pasado tantos años desde que nos despedimos en un aeropuerto europeo.  Nuestro amor había sido fugaz pero de una intensidad irrepetible.  Después de un momento de perplejidad me levanté y me senté justo atrás de ella porque el asiento vecino estaba ocupado.  La seguía observando mientras el micro avanzaba por calle Buzeta en dirección al Matadero.  Quería hablarle, pero temía descubrir que no fuera ella.  Pensándolo bien, ¿qué podría estar haciendo la Gringa en ese micro en Santiago de Chile?

            De ser ella en realidad sólo podría estar allí buscándome, tratando de rehacer nuestro bello idilio.  Tal vez, finalmente, se había decidido a recuperarlo todo, renunciando a su país a cambio de un gran amor como el que vivimos sobre la costa del Mediterráneo.

Durante mis años de aventura, en los que recorrí varios países, los paisajes más bellos que encontré estaban allí en el sur de Francia, junto a los buenos vinos, a los platos exquisitos de esa cocina que parecía mezclar todos los sabores del mundo.  Allí, junto al aire marino, viví ese amor que hacía sentir a los demás apenas como relaciones necesarias para combatir la soledad.

La Gringa era una mujer especial.  Quizás por su madurez, - me aventajaba en algunos años - pudo enseñarme la dicha de la entrega; contagiarme el entusiasmo diario del amor; dosificar la necesaria cuota de tranquilidad en cada momento de la relación, sin miedo a las consecuencias, sin temor a lo que vendría.   Pero como todo lo bello, nuestro romance tuvo su fin y las razones de la distancia no vienen al caso recordarlas ahora que estaba tan cerca de ella nuevamente.

Sin proponérmelo, sin desearlo siquiera, estaba ahora a sólo unos metros de la mujer que más había amado en mi vida y a quien podría amar por el resto de mis días, con la certeza de que jamás conocería a alguien como ella.  La micro se había transformado en un espacio móvil, algo que siempre fue pero que yo ahora valoraba distinto.  Me permitía un traslado diferente, ya no la rutina de la casa a la oficina o ese regreso cotidiano sino que parecía un viaje en el tiempo, el retorno a un pasado pero en un espacio nuevo, un momento único que jamás había imaginado.  Mi corazón aceleraba su ritmo y mis sentidos querían volver a captar la realidad.

Al llegar a la Alameda se bajaron varios pasajeros y se desocupó el asiento a su lado.  Pensé sentarme con ella y cuando había juntado fuerzas para la acción ella se levantó en busca de la puerta de salida.

-         Gringa..., le dije frente a frente con voz baja y casi inaudible. ¿Eres tú?

Me  había  bastado  decir  eso  para  darme  cuenta  de que no era ella.   La mujer  se quedó mirando fijamente y en sus ojos había un aire de ternura similar al de la Gringa.  Sus rasgos eran europeos, tenía incluso los once años que habían pasado sin vernos.  

-         Perdone, señora, la confundí con otra persona, agregué con más fuerza ante su silencio.

Fue todo lo que pude decir.  En pocos segundos había experimentado la euforia por la ocasión de encontrarla y luego la profunda decepción al descubrir que era sólo un sueño, una fantasía sin sentido.  Derrotado y bajo el peso de la tristeza volví a sentarme.  Ahora, fugazmente veía a la gente, sus ceños fruncidos, los audífonos, las bufandas sobrias, las caras de pocos amigos, el rostro de Santiago hecho personas; oía los cientos de motores empujando autos, micros y todo tipo de vehículos en las direcciones más diversas; sentía el día a día, dentro y fuera de mí, sin temor ni alegría.  Una densa capa de indiferencia y monotonía cubría la ciudad como siempre.

Pero mi intuición me decía que no todo estaba perdido.  Mis ojos buscaron la vereda en la que ella estaba ahora, parada, observándome tranquila y detenidamente, justo frente a mi ventana.  De pronto vi que la mujer intentaba decirme algo:
 
- ¡¡¡Ariel!!!, ¿eres tú?

Me lanzó un beso estirando los labios.  Una lágrima rodó por su mejilla.  En sus claros ojos se había instalado otra vez la ternura, una resignada e infinita ternura. Entonces la micro avanzó dejándola parada en la Alameda.   Con   el  cuello  torcido la miré mientras pude y de repente desapareció.  Tenía dos posibilidades, sólo dos alternativas, y debía decidir de inmediato: bajar corriendo y abrazarla para el resto de mi vida o seguir mi rutina.

Sentí que de nuevo me picaba la oreja.  Decidí esta vez rascarme sin contemplaciones y echar un par de garabatos contra el porfiado sabañón.  Miré el reloj que marcaba las 8.20, tenía el tiempo justo para llegar, como era mi costumbre, puntualmente al trabajo.  Nunca había llegado tarde a la pega y ésa no sería mi primera vez.

   

F I N
(C) Derecho de autor de Gabriel Canihuante.