lunes, 16 de noviembre de 2015

Orden de llegada

Por Gabriel Canihuante**
No fue una puntada ni una molestia en un brazo o una pierna, tampoco una corazonada.  Acudió al cardiólogo porque un año antes su oculista lo había sugerido: Como tiene problemas de presión y hay algún riesgo de glaucoma es bueno que se haga un examen al corazón. Tenía que volver al oculista para su control anual y entonces recordó esta cita pendiente.
Por simple casualidad en esos días visitó a un amigo que había estado al borde de un ataque fatal.  Por suerte le destaparon a tiempo algunas válvulas y lo mandaron a su casa a bajar de peso, a cambiar de alimentación, a descansar, cuestión –esta última- que no era difícil porque su amigo acababa de jubilarse.  Este hombre nuevo le indicó el nombre de un especialista. Está en la guía, es fácil de ubicar, le dijo.
Una semana después estaba el candidato a glaucoma con su mejor ánimo en la sala de espera.  Bono en mano y puntual, llegó a la cita un minuto antes de la hora indicada.  Tuvo un mal presentimiento cuando entró a la consulta porque había otras cuatro personas y todo parecía indicar que visitaban al mismo doctor.  Mientras esperaba, pensó que si le preguntasen por qué venía al cardiólogo, diría que había tenido que ir al oculista y agregaría, con gracia en el gesto, que “Ojos que no ven, corazón que no siente”.  No era un buen chiste, pero de seguro el médico se reiría.
Cuando transcurrió la primera media hora, su ánimo ya no era el mismo.  Pero justo en ese momento salió el doctor e hizo pasar a una pareja.  Quedaban sólo dos personas que venían juntas, era un solo paciente más. Diez minutos después llegó un trío: un hombre que parecía recién operado por la forma de caminar y por sus ojeras; lo acompañaban su esposa y una hija.  A los 50 minutos la secretaria hizo pasar a este recién operado a otra sala y cuando el médico salió por segunda vez, guiñó un ojo a las pacientes que esperaban en la sala y se fue a atender al convaleciente.
Cuando volvió a salir habían pasado 70 minutos. Y el facultativo dio pase a las señoras. El puntual candidato al glaucoma no se aguantó más, encaró al médico y le dijo que llevaba más de una hora esperando, que esto no podía ser. Si no le gusta, respondió el médico, esta sería su primera y última visita. Pero yo llegué puntualmente aquí, esta señora tiene cita para una hora después que yo, argumentaba el hombre.
Voy a consultar a la secretaria, apuntó el cardiólogo y se retiró, Volvió enseguida y dijo que las señoras habían llegado primero. Aquí se atiende por orden de llegada, remató.  Entonces mañana llego a las 12 y usted me atiende a las cuatro, respondió irritado el hombre, esto es absurdo, para qué dan consulta con hora si no la respetan. Si no le gusta, señor, puede retirarse. Claro que me retiro, devuélvame mi dinero porque ya le pagué. Pídale el bono a la secretaria.
Al día siguiente, el candidato a glaucoma sufrió un infarto. Sí, sé que esto parece cuento, pero no, el pobre sufrió un infarto mientras dictaba una charla sobre la importancia de la comunicación en el manejo de las crisis.  Estaba a una cuadra del hospital público de la ciudad y pudieron llevarlo en un par de minutos.  A pesar del paro de los funcionarios, lo dejaron entrar; es que iba mal, en una camilla y su rostro se veía pálido.
Cuando estaba bajo los potentes focos de una sala de atención, el paciente se llevó una sorpresa.  Vestido de blanco delantal y con el típico gorrito, pudo identificar el rostro amable de “su” cardiólogo.

-          Nos encontramos de nuevo, dijo sonriente el especialista.
-          Sí, doctor, pero esta vez no me venga con la tontera del orden de llegada.  O me atiende ahora o me muero.

Fiel a su juramento de Hipócrates, el facultativo se puso en acción.  Salvó esa vida, como había salvado otras antes y seguiría haciéndolo muchas veces más.  Claro que sin el famoso orden de llegada. Era cuestión de criterio, no más, o bien de respetar pequeños compromisos como es la hora convenida para una cita.

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* Dedicado a todos los médicos (dentistas incluidos)  que atienden a la hora convenida.
** Escritor en ciernes, cuyo corazón aún funciona bien.

Fuente: http://www.letrasdechile.cl/Joomla/index.php/cuentos/837-837  

domingo, 15 de noviembre de 2015

Comentarios de Libros

Un libro que me hizo llorar

Durante el último verano visité Tacna y allá busqué libros de mi amigo, el periodista peruano Hugo Coya, con quien había compartido como corresponsal en Río de Janeiro, él en UPI en esa época (años 80) y yo en IPS. No compré porque el par de títulos que hallé estaban pirateados, según el mismo vendedor reconoció hidalgamente.
Hace poco terminé de leer “Estación final”, primera obra publicada por Hugo y que cuenta la historia de peruanos que sufrieron el Holocausto. Es algo que desconocía hasta que leí reseñas de esta publicación.
Éste no es un libro nuevo ya que su primera edición es de la Editorial Aguilar en 2010 y luego se han hecho varias reimpresiones, dado el éxito en ventas.
Hugo llevó a cabo durante cinco años una extensa y rigurosa investigación. Se nota el oficio pero también se revela el amor por su país y por sus compatriotas, quienes a miles de kilómetros de distancia y hace varias décadas, sufrieron en carne propia la bestialidad del nazismo.
Coya investigó sobre diversas familias de distintas procedencias que emigraron a Perú y luego se trasladaron a Europa. Algunos miembros de esas familias nacieron en Perú y por diversas razones vivían en el viejo continente cuando se desató el conflicto bélico.
Según se puede leer en el prólogo de Gustavo Gorriti, esta tarea de investigación “lo llevó por varios continentes, en un admirable esfuerzo de reconstrucción de las huellas borradas en tantos caminos…”. Agrega Gorriti que “El libro de Coya representa el mejor resultado de la destreza en la investigación y la calidad en la expresión. Pero quizás su mayor significado sea el moral…”
Nacidos en Perú o con pasajes de sus vidas en el país vecino, estas personas -todas con algún lazo parental judío- fueron detenidos durante la segunda guerra, torturados, trasladados en condiciones inhumanas, internados en campos de concentración o de exterminio y murieron a manos de los nazis.
No habían cometido crimen alguno, ni siquiera habían participado de la resistencia al nazismo - salvo el caso de Magdalena Truel -, pero por ser judíos fueron víctimas de la gran empresa de exterminio de ese pueblo, obra suprema de Adolf Hitler y sus millones de seguidores.
Lo sorprendente de “Estación final” es que varios de estos peruanos en sus particulares condiciones de vida y encierro pudieron actuar contra sus carceleros y contra el sistema. En notables y heroicas acciones, ellos contribuyeron a salvar centenares de vidas de otras víctimas del holocausto.
Aunque esta historia particular parece lejana, en época y lugares, Hugo sostiene que éstos quizás “sean más próximos de lo que suponemos, pues actualmente enfrentamos los problemas que se entretejen entre la inmigración, el racismo, la xenofobia y principalmente, la violencia”.
Leer los padecimientos de estas familias (Assa, Levy, Barouh, Lindow) y de otras personas como Egon Mindel y Magdalena Truel Larrabure, no puede sino emocionarnos y hacernos llorar de impotencia.
Si hay alguna tranquilidad que nos permite esta lectura es saber que -por diversas experiencias vividas- hoy somos menos intolerantes, más solidarios y más partidarios de la no violencia.
Este notable libro de Hugo -que se puede adquirir como libro electrónico en  http://www.casadellibro.com/ebook-estacion-final-ebook/9789972848681/2090257  ha llamado la atención de una productora en Hollywood, vinculada a Warner Bross, que pretende realizar en 2016 una versión cinematográfica de una de estas historias. Así se puede leer enhttp://cosas.pe/cosas/personajes/3451-hugo-coya-su-libro-estacion-final-sera-llevado-al-cine .

sábado, 7 de noviembre de 2015

Los huevos fritos de pingüino tienen gusto a pescado

A fines de los años 50 me inicié en la lectura y aprendí a leer, como millones de niños, en el “Silabario Hispanoamericano” escrito por el “gran pedagogo chileno” Adrián Dufflocq Galdames, según el decir de la poetisa uruguaya Juana de Ibarbourou.

 Para la contemporánea y amiga de Gabriela Mistral, ese libro era “lujo de los ojos, gracia para el entendimiento del niño”. 
 Y agregaba en una de sus páginas: “¡Ah!, ¡cuánto tienen que agradecerle madres y maestras a ese hermoso talento creador, a ese puro corazón intuitivo que ha hecho para los niños de las Américas este libro perfecto!”.
 Gracias a Internet recorro ahora, casi medio siglo después, esas páginas iniciales y me encuentro con la famosa lección de las vocales y me deleito sin pudor con las ilustraciones del gran Coré: Mario Silva Ossa. Entre los amantes del diseño y de las artes visuales, la portada del Silabario se convirtió en un verdadero objeto de culto.
 El ojo del búho me sigue mirando como si no se olvidase de las maldades de antaño.  El gorila enjaulado me da pena, no porque recuerde los apodos de la infancia, sino porque el herbívoro luce triste detrás de los hierros.
 Y en la página 34 de la décima edición (1955) encuentro un nombre que me lleva a la matriz.  Olga, feliz coincidencia.  Mi madre y mi primera maestra.  Con ellas, con amor y dedicación, aprendí este oficio de lector.  Una nieta hace poco dijo que cuando grande quería ser “escritora y lectora”. ¿Qué mejores expectativas?  Futuro asegurado.
Me llaman la atención dos datos del libro. Uno es que este libro fue aprobado y declarado de utilidad por el Gobierno de España por decreto emitido el 13 de diciembre de 1948. Lo otro, descubrí una afirmación que no discuto ni pretendo comprobar, porque me parece de toda lógica: “Los huevos fritos de pingüino tienen gusto a pescado”.
 Al final del Silabario reencontré algunos cuentos para principiantes de la lectura.  Allí hay varias lecciones, simples y profundas. Usted podrá encontrar en esas páginas a los niños que buscan pan cavando un hoyo en la tierra, al ignorante lobo pastor o al niño codicioso que quería todas las bolitas sólo para él. 
 Por la eficiencia del método (fónico-sensorial-objetivo-sintético) y por la belleza de sus ilustraciones -se sabe-, este Silabario fue un éxito editorial, reproducido para toda Latinoamérica, con decenas de ediciones.
 Es necesario decir, en todo caso, que Dufflocq no fue pionero en esta senda.  Mucho antes que él, en 1884 se había publicado en la ciudad alemana de Leipzig, el “Silabario del Ojo”, cuyo autor fue el chileno Claudio Matte. Diez años después, ese manual fue declarado Texto Oficial de enseñanza primaria en Chile. A fines del siglo XIX ya se había expandido a Latinoamérica.
Fuente: https://diarioeldia.cl/blog/huevos-fritos-pingueino-tienen-gusto-pescado-0 

viernes, 6 de noviembre de 2015

Sembrando abecedarios

La educadora Susana Pacheco Tirado nos ofrece, con su nueva obra –“Sembrando abecedarios. Historia, pedagogía y asistencia en la educación primaria rural, Región de Coquimbo”-, la posibilidad de conocer el trabajo de los maestros y maestras que en el siglo XX -con vocación y espíritu de servicio público- supieron formar a miles de niños y jóvenes chilenos.



En el libro, publicado por la Sociedad de creación y acciones literarias de Coquimbo (SALC), la autora presenta una primera parte dedicada a una reseña sobre el “Devenir histórico, pedagógico y asistencial de la educación primaria chilena”, mientras que en la segunda parte 15 profesores entrevistados por ella dan cuenta de sus experiencias.
Desde las provincias de Choapa, Limarí y Elqui, Susana nos invita a conocer, en la voz de los propios maestros, estas historias de vida. Se trata de relatos que emocionan, anécdotas que alegran, leyendas que encantan, testimonios que sorprenden.
La investigadora viajó a distintas comunas de la región para conversar con quienes no han olvidado su propia historia y que abrieron las puertas de sus casas para contar sus aportes concretos al desarrollo de nuestro país. No solo no olvidan, sino que con orgullo recuerdan lo que fueron: Profesionales comprometidos con el destino de educar en el más amplio y genuino sentido.
En el libro de la profesora Susana, se condensa un trabajo largo y riguroso de investigación, tanto documental como en terreno. Es una obra que nos habla de una historia reciente, contada en parte por seres vivos, pero que al mismo tiempo constituye un rescate patrimonial de diversos aspectos. El texto nos habla de educación y específicamente de la pedagogía realizada en las zonas rurales, cuya población en algún tiempo fue mayor que la urbana.
Frente al Chile globalizado de la presente década, este libro no es un lamento nostálgico de aquellos que pretenden hacernos creer que “todo tiempo pasado fue mejor”, sino una reafirmación de que el maestro cuando tiene talento sigue educando más allá de las aulas y es capaz de adaptarse a los nuevos tiempos sin perder su identidad, sin renunciar a sus principios, sin transar en los mercados las acciones cuyo principal valor no es el material.
“Llegué al pueblo siendo aún una niña y el contacto con esa gente tan buena me permitió crecer y madurar, porque todo iban a resolverlo a la Escuela y uno tenía que tener la solución y la respuesta para todo, desde redactar una carta para algún vecino, hasta los problemas más intrincados” (Testimonio de profesora entrevistada).
Recomiendo la lectura de esta obra a todos quienes vibran con el tema, sean profesores de básica o media o trabajen como docentes –pedagogos o no-, en la educación superior. Y los invito a tener en cuenta las palabras de Susana Pacheco: “Quienes trabajamos en educación nunca perdimos la señal de la rosa de los vientos que nos indicaba que los maestros y maestras son los encargados de mostrar el camino de los sueños y de las grandes realizaciones”.
Ficha técnica:
Título: “Sembrando abecedarios. Historia, pedagogía y asistencia en la educación primaria rural, Región de Coquimbo”.
Editado por: Sociedad de creación y acciones literarias de Coquimbo (SALC, La Serena, Chile).
Año de edición: 2012.       Precio: $10.000          Páginas: 182.
Fuente: http://diarioeldia.cl/blog/sembrando-abecedarios