Por Gabriel Canihuante
Durante las últimas dos
horas no había ocurrido nada especial ese día, pero yo presentía algo. Vivía
una angustia oscura y trataba de imaginar cosas buenas pero el miedo no lo
permitía. Estas sensaciones las había tenido de modo permanente, día tras día,
en las nueve semanas que llevaba en ese recinto. No era una cárcel pero estaba preso. Doble o
triplemente preso: no podía moverme, debía permanecer sentado; no podía
conversar, el silencio era la regla básica; no podía ver, mis ojos los cubría,
día y noche, un trapo sucio que llamábamos venda.
Me concentraba en los ruidos de
esa amplia sala, donde hasta hacía poco se enseñaban técnicas de combate a los
oficiales de la fuerza aérea, y entonces trataba de interpretar lo que llegaba
a mis oídos: algunas voces de soldados y oficiales; el caminar rotundo de las
botas; puertas que se abren y cierran; el paso de bala del cargador a la cámara
de los fusiles. Peligro, voces diferentes, algunas carreras, silencios de
temor, sirena de alerta. Pero los ruidos
más comunes eran los que provocaba ordenar las cubiertas de los camarotes, las
bandejas que anuncian comida y los seis o siete pasos autorizados para los
cinco o seis detenidos en esa celda subterránea. Rutina.
Mi presentimiento en esa tarde
de invierno de 1975 tenía sentido. El guardia de turno me tocó un hombro y dijo
con la severidad de costumbre: “Ya, te toca. 20 minutos. Levántate la venda,
pero no te la saquís. Sí eso, déjala
en la frente, ahí está bien. Toma”.
Lo que puso entre mis manos era
un libro. Habría preferido una revista, ojalá con hartas fotos y pocas letras.
Claro, algo así como Vea, Estadio o Zigzag, pero era un libro, pequeño en su
formato y de pocas hojas. Un librito
cuyo título me parecía conocido: “El Principito” y de cuyo autor no sería capaz
de pronunciar su nombre. Nunca lo leí en la escuela, pero me acordaba que la
profesora de castellano decía que era una lectura recomendada para toda
edad. Ahora estaba en mis manos como la
única alternativa de liberación durante 20 minutos. Los primeros 20 preciosos
minutos en los casi 60 días y noches en que una asquerosa venda cubría mis
ojos.
No alcancé a terminarlo porque
antes de la media hora el guardia me volvió a la realidad: “Ya, se acabó, ponte
la venda”. En tres semanas y luego de tres momentos de lectura en esa celda
llegué a su fin y ésa fue mi iniciación a la lectura por gusto. No porque estuviese preso, no porque tuviese
la vista vendada, sino porque estaban a mi disposición una serie de libros, no
sabía cuántos ni de qué trataban, pero ya me había picado el bichito. Leía por gusto, leía por amor a los libros,
tenía tiempo libre y libros disponibles. Era tan feliz en medio de esta cruda
guerra que recién empezaba.
Años después –cuando nos
encontramos en la otra vida- supe que para mis compañeros de celda también esa
detención, por motivos políticos, había sido un feroz incentivo a la
lectura. Nunca más dejamos de leer; para
ellos y para mí fue una marca de fuego.
A Saint-Exupéry siguieron autores marxistas, porque esos libros habían
sido requisados en la casa de un senador detenido con nosotros en otra
sala-celda. Y hubo otros libros de muy variados temas y autores. A veces nos
torturaban, nos golpeaban, humillaban, asustaban, y entre tanta zozobra,
leíamos, leíamos, leíamos. (Fin)

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