Cuento publicado en "La historia de don Crispín, doña Anita y el guaripola y otros cuentos", de la Editorial de la Universidad de La Serena, 2009.
Ese día la rutina
se me presentaba insistente, acariciándome el lóbulo izquierdo en la forma de
sabañón. Me picaba harto la oreja cuando
me senté en el microbús. Hacía lo
posible por no rascarme. ¿Me rasco o no
me rasco?, era mi duda, al estilo de Hamlet, que me repetía y representaba mi
máxima preocupación existencial mientras me dirigía a la oficina.
De pronto la vi. No había más lóbulo ni oreja, ni sabañón ni
fría mañana santiaguina, ni Camino a Melipilla rumbo al centro de la
ciudad. Ni smog hubo entonces porque su
imagen cambió el aire, cambió el sentido del tránsito y aclaró la débil luz
matinal. Ahí estaba yo en Marsella,
respirando su aire marino y oyendo acentos árabes, franceses, latinos.
La vi por detrás y
como estaba sentada sólo distinguía por rápidos intervalos su nuca, sus hombros
y parte de su perfil. Pero era ella, ¿qué
duda podía tener? Era su pelo rubio liso
y corto, su cabeza pequeña, la piel blanca.
Podía ver su mandíbula y también por segundos alcanzaba a percibir su
ropa y había ahí otro fuerte indicio: su típico estilo artesanal, la tosca tela
de los pantalones, los zapatos varoniles, los calcetines de lana cruda.
Mi emoción era
fuerte. Habían pasado tantos años desde
que nos despedimos en un aeropuerto europeo.
Nuestro amor había sido fugaz pero de una intensidad irrepetible. Después de un momento de perplejidad me
levanté y me senté justo atrás de ella porque el asiento vecino estaba
ocupado. La seguía observando mientras
el micro avanzaba por calle Buzeta en dirección al Matadero. Quería hablarle, pero temía descubrir que no
fuera ella. Pensándolo bien, ¿qué podría
estar haciendo la Gringa
en ese micro en Santiago de Chile?
De
ser ella en realidad sólo podría estar allí buscándome, tratando de rehacer
nuestro bello idilio. Tal vez,
finalmente, se había decidido a recuperarlo todo, renunciando a su país a
cambio de un gran amor como el que vivimos sobre la costa del Mediterráneo.
Durante mis años
de aventura, en los que recorrí varios países, los paisajes más bellos que
encontré estaban allí en el sur de Francia, junto a los buenos vinos, a los
platos exquisitos de esa cocina que parecía mezclar todos los sabores del
mundo. Allí, junto al aire marino, viví
ese amor que hacía sentir a los demás apenas como relaciones necesarias para
combatir la soledad.
La Gringa era una
mujer especial. Quizás por su madurez, -
me aventajaba en algunos años - pudo enseñarme la dicha de la entrega;
contagiarme el entusiasmo diario del amor; dosificar la necesaria cuota de
tranquilidad en cada momento de la relación, sin miedo a las consecuencias, sin
temor a lo que vendría. Pero como todo
lo bello, nuestro romance tuvo su fin y las razones de la distancia no vienen
al caso recordarlas ahora que estaba tan cerca de ella nuevamente.
Sin proponérmelo,
sin desearlo siquiera, estaba ahora a sólo unos metros de la mujer que más
había amado en mi vida y a quien podría amar por el resto de mis días, con la
certeza de que jamás conocería a alguien como ella. La micro se había transformado en un espacio
móvil, algo que siempre fue pero que yo ahora valoraba distinto. Me permitía un traslado diferente, ya no la
rutina de la casa a la oficina o ese regreso cotidiano sino que parecía un
viaje en el tiempo, el retorno a un pasado pero en un espacio nuevo, un momento
único que jamás había imaginado. Mi
corazón aceleraba su ritmo y mis sentidos querían volver a captar la realidad.
Al llegar a la
Alameda se bajaron varios pasajeros y se desocupó el asiento a su lado. Pensé sentarme con ella y cuando había
juntado fuerzas para la acción ella se levantó en busca de la puerta de salida.
-
Gringa...,
le dije frente a frente con voz baja y casi inaudible. ¿Eres tú?
Me había
bastado decir eso
para darme cuenta
de que no era ella. La
mujer se quedó mirando fijamente y en
sus ojos había un aire de ternura similar al de la Gringa. Sus rasgos eran europeos, tenía incluso los
once años que habían pasado sin vernos.
-
Perdone,
señora, la confundí con otra persona, agregué con más fuerza ante su silencio.
Fue todo lo que
pude decir. En pocos segundos había
experimentado la euforia por la ocasión de encontrarla y luego la profunda
decepción al descubrir que era sólo un sueño, una fantasía sin sentido. Derrotado y bajo el peso de la tristeza volví
a sentarme. Ahora, fugazmente veía a la
gente, sus ceños fruncidos, los audífonos, las bufandas sobrias, las caras de
pocos amigos, el rostro de Santiago hecho personas; oía los cientos de motores
empujando autos, micros y todo tipo de vehículos en las direcciones más
diversas; sentía el día a día, dentro y fuera de mí, sin temor ni alegría. Una densa capa de indiferencia y monotonía
cubría la ciudad como siempre.
Pero mi intuición
me decía que no todo estaba perdido. Mis
ojos buscaron la vereda en la que ella estaba ahora, parada, observándome
tranquila y detenidamente, justo frente a mi ventana. De pronto vi que la mujer intentaba decirme algo:
- ¡¡¡Ariel!!!, ¿eres
tú?
Me lanzó un beso
estirando los labios. Una lágrima rodó
por su mejilla. En sus claros ojos se
había instalado otra vez la ternura, una resignada e infinita ternura. Entonces
la micro avanzó dejándola parada en la Alameda. Con el
cuello torcido la miré mientras
pude y de repente desapareció. Tenía dos
posibilidades, sólo dos alternativas, y debía decidir de inmediato: bajar
corriendo y abrazarla para el resto de mi vida o seguir mi rutina.
Sentí que de nuevo
me picaba la oreja. Decidí esta vez
rascarme sin contemplaciones y echar un par de garabatos contra el porfiado
sabañón. Miré el reloj que marcaba las
8.20, tenía el tiempo justo para llegar, como era mi costumbre, puntualmente al
trabajo. Nunca había llegado tarde a la
pega y ésa no sería mi primera vez.
F
I N
(C) Derecho de autor de Gabriel Canihuante.
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