domingo, 25 de octubre de 2015

De Cerrillos a Marsella (c)


 Cuento publicado en "La historia de don Crispín, doña Anita y el guaripola y otros cuentos", de la Editorial de la Universidad de La Serena, 2009.

Ese día la rutina se me presentaba insistente, acariciándome el lóbulo izquierdo en la forma de sabañón.  Me picaba harto la oreja cuando me senté en el microbús.  Hacía lo posible por no rascarme.  ¿Me rasco o no me rasco?, era mi duda, al estilo de Hamlet, que me repetía y representaba mi máxima preocupación existencial mientras me dirigía a la oficina.

De pronto la vi.  No había más lóbulo ni oreja, ni sabañón ni fría mañana santiaguina, ni Camino a Melipilla rumbo al centro de la ciudad.  Ni smog hubo entonces porque su imagen cambió el aire, cambió el sentido del tránsito y aclaró la débil luz matinal.  Ahí estaba yo en Marsella, respirando su aire marino y oyendo acentos árabes, franceses, latinos.

La vi por detrás y como estaba sentada sólo distinguía por rápidos intervalos su nuca, sus hombros y parte de su perfil.  Pero era ella, ¿qué duda podía tener?  Era su pelo rubio liso y corto, su cabeza pequeña, la piel blanca.  Podía ver su mandíbula y también por segundos alcanzaba a percibir su ropa y había ahí otro fuerte indicio: su típico estilo artesanal, la tosca tela de los pantalones, los zapatos varoniles, los calcetines de lana cruda.

Mi emoción era fuerte.  Habían pasado tantos años desde que nos despedimos en un aeropuerto europeo.  Nuestro amor había sido fugaz pero de una intensidad irrepetible.  Después de un momento de perplejidad me levanté y me senté justo atrás de ella porque el asiento vecino estaba ocupado.  La seguía observando mientras el micro avanzaba por calle Buzeta en dirección al Matadero.  Quería hablarle, pero temía descubrir que no fuera ella.  Pensándolo bien, ¿qué podría estar haciendo la Gringa en ese micro en Santiago de Chile?

            De ser ella en realidad sólo podría estar allí buscándome, tratando de rehacer nuestro bello idilio.  Tal vez, finalmente, se había decidido a recuperarlo todo, renunciando a su país a cambio de un gran amor como el que vivimos sobre la costa del Mediterráneo.

Durante mis años de aventura, en los que recorrí varios países, los paisajes más bellos que encontré estaban allí en el sur de Francia, junto a los buenos vinos, a los platos exquisitos de esa cocina que parecía mezclar todos los sabores del mundo.  Allí, junto al aire marino, viví ese amor que hacía sentir a los demás apenas como relaciones necesarias para combatir la soledad.

La Gringa era una mujer especial.  Quizás por su madurez, - me aventajaba en algunos años - pudo enseñarme la dicha de la entrega; contagiarme el entusiasmo diario del amor; dosificar la necesaria cuota de tranquilidad en cada momento de la relación, sin miedo a las consecuencias, sin temor a lo que vendría.   Pero como todo lo bello, nuestro romance tuvo su fin y las razones de la distancia no vienen al caso recordarlas ahora que estaba tan cerca de ella nuevamente.

Sin proponérmelo, sin desearlo siquiera, estaba ahora a sólo unos metros de la mujer que más había amado en mi vida y a quien podría amar por el resto de mis días, con la certeza de que jamás conocería a alguien como ella.  La micro se había transformado en un espacio móvil, algo que siempre fue pero que yo ahora valoraba distinto.  Me permitía un traslado diferente, ya no la rutina de la casa a la oficina o ese regreso cotidiano sino que parecía un viaje en el tiempo, el retorno a un pasado pero en un espacio nuevo, un momento único que jamás había imaginado.  Mi corazón aceleraba su ritmo y mis sentidos querían volver a captar la realidad.

Al llegar a la Alameda se bajaron varios pasajeros y se desocupó el asiento a su lado.  Pensé sentarme con ella y cuando había juntado fuerzas para la acción ella se levantó en busca de la puerta de salida.

-         Gringa..., le dije frente a frente con voz baja y casi inaudible. ¿Eres tú?

Me  había  bastado  decir  eso  para  darme  cuenta  de que no era ella.   La mujer  se quedó mirando fijamente y en sus ojos había un aire de ternura similar al de la Gringa.  Sus rasgos eran europeos, tenía incluso los once años que habían pasado sin vernos.  

-         Perdone, señora, la confundí con otra persona, agregué con más fuerza ante su silencio.

Fue todo lo que pude decir.  En pocos segundos había experimentado la euforia por la ocasión de encontrarla y luego la profunda decepción al descubrir que era sólo un sueño, una fantasía sin sentido.  Derrotado y bajo el peso de la tristeza volví a sentarme.  Ahora, fugazmente veía a la gente, sus ceños fruncidos, los audífonos, las bufandas sobrias, las caras de pocos amigos, el rostro de Santiago hecho personas; oía los cientos de motores empujando autos, micros y todo tipo de vehículos en las direcciones más diversas; sentía el día a día, dentro y fuera de mí, sin temor ni alegría.  Una densa capa de indiferencia y monotonía cubría la ciudad como siempre.

Pero mi intuición me decía que no todo estaba perdido.  Mis ojos buscaron la vereda en la que ella estaba ahora, parada, observándome tranquila y detenidamente, justo frente a mi ventana.  De pronto vi que la mujer intentaba decirme algo:
 
- ¡¡¡Ariel!!!, ¿eres tú?

Me lanzó un beso estirando los labios.  Una lágrima rodó por su mejilla.  En sus claros ojos se había instalado otra vez la ternura, una resignada e infinita ternura. Entonces la micro avanzó dejándola parada en la Alameda.   Con   el  cuello  torcido la miré mientras pude y de repente desapareció.  Tenía dos posibilidades, sólo dos alternativas, y debía decidir de inmediato: bajar corriendo y abrazarla para el resto de mi vida o seguir mi rutina.

Sentí que de nuevo me picaba la oreja.  Decidí esta vez rascarme sin contemplaciones y echar un par de garabatos contra el porfiado sabañón.  Miré el reloj que marcaba las 8.20, tenía el tiempo justo para llegar, como era mi costumbre, puntualmente al trabajo.  Nunca había llegado tarde a la pega y ésa no sería mi primera vez.

   

F I N
(C) Derecho de autor de Gabriel Canihuante.

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